jueves, 24 de mayo de 2012



Encontrar un tipo y ponerlo en un contexto. Eso decía entre 1986 y 1989 cuando me preguntaban de qué trabajo. Era un laburito entretenido y fácil, Sofi tenía menos de diez y todo iba para arriba. Más detalles mejor no dar, pero sí voy a decir que guardé guita como para no trabajar hasta 1995, cuando volvimos al país. Una vez soñé que me acostaba con una mujer blanca. Buena, bailarina. Me estoy escapando, decía mientras le hacía el culo, me estoy escapando y me voy a quedar sola, dejemos a nuestras hijas llevarse bien. Progresivamente mis manos iban desapareciendo, y el que se quedaba solo era yo.
Caminábamos con Sofi ya de noche por el camino de asfalto, hablando español para practicar, y descansamos en la estación de servicio. Había un chico sucio, de cara envejecida pero como Sofi. Comprele un sánguche y lo invité a sentarse. No hablaba, no habló los primeros 15 minutos y nosotros por respeto tampoco. La verdad me dio miedo. Vivíamos en una zona de bosque, de pájaros de varios colores, animales, pocas casas, un arroyo de agua de deshielo que era la que tomábamos y con la que se regaba y en la que nos bañábamos. Su voz era el mismo tiempo re normal y hermosísima. Preguntó quienes éramos, porqué vivimos ahí. Le conté la verdad. Siempre detesté a cualquiera capaz de mentirle a un chico. Tuve un trabajo deshonesto con el que me hice millonario, tuve una experiencia mística, una revelación, y decidí darle pureza a mi hija. Hice construir una cabaña al este, seguro que la viste, saliendo por la tercera bocacalle. Asintió con rapidez y sin sacar sus ojos de los míos. Hace cuatro meses. Asintió con rapidez. Así que regalé el resto de mi plata, regalé todo lo que no necesito, y voy a ser feliz. La mirada del pibe se metía como en otro lado, pero al mismo tiempo proyectaba entender mi relato con una madurez que me conmovió. Como si ya conociera mi biografía y estuviera solamente interesado en mis maneras. Nos (incluía a Sofi en la charla con docilidad, con educación) preguntó si hicimos la caminata en la montaña. Cuando dijo montaña pensé en la palabra montaría. No tuve tiempo, no tuvimos. Pero estamos ansiosos por hacerla, seguro que sí. Yo vivo en la casa sexta, dijo. La casa sexta queda a seis kilómetros de la estación de servicio. Sofi preguntó si lo podemos invitar a dormir. Podemos. Pudimos, claro.
¿Y qué hacías ahí? Su amigo se lastimó un hombro cayendo de un arbol. Todos los adultos estaban trabajando. Lo bajó al pueblo y lo dejó solo por miedo a que le echen la culpa, iba a pasar la noche en la estación de servicio y con los primeros rayos de sol seguir subiendo. Sofi estaba contenta por primera vez en mucho tiempo y me aterrorizó la idea de que pudiera enamorarse de ese pendejo siniestro. Ella no lo veía siniestro. Es increíble lo distinta que puede ser la visión del mismo mundo entre dos personas. En el camino de vuelta el bosque me pareció caleidoscópico, circular y peligroso. El vacilar crujiendo de los árboles, un ruido de madera vieja y quejosa, me daba a pensar que todos los árboles pueden caerse. Que la tierra a veces es insuficiente, que las raíces a veces están mal desarrolladas, o se enferman. El silencio de los chicos me daba a pensar en lo solo que estoy. El grito de los pájaros y animales nocturnos en lo indefensa que está Sofi, una nena criada con niñera en una casa de barrio rico, en esta vida nueva. Quiero que aprenda a defenderse, me justifiqué, pero sin estar seguro.

Ellos ya dormían y prendí el fuego. Quise calor. Estaba leyendo una novela policial sobre una caja dorada, a la que se compara con la caja de Pandora, que va pasando de mano en mano entre dos familias. La mañana siguiente Sofi me preguntó si se puede quedar unos días más. Tiene miedo de volver, lo van a castigar.
- Después va a seguir pidiendo.
- ¿No se puede quedar?
- Sus papás van a buscarlo.
- Él dice que no.
- Que se arregle solo. Que haga lo que quiera. Yo soy feliz.

El primer día fue gris, húmedo, de nubes pesadas y bajas. A la tarde escuché ruido de agua, después ruido de fuego. Me metí en la cocina y se estaba haciendo un café.

Al día siguiente lo miré de lejos, un rato largo a mediodía, cortar frutas. Sus muñecas son muñoncitos minúsculos y sus manos van a toda velocidad. Hace tres años que solamente leo a San Juan de la Cruz y la sección Policiales de todos los diarios, todos los días.

En la naturaleza el concepto de tiempo es absolutamente distinto que en la ciudad. Ya no tengo la sensación de apuro, hasta a veces me cuesta comprenderla. El viernes lo busqué por toda la casa y no estaba. Vino caminando a las seis de la tarde y no quiso contarme donde anduvo. A la mañana, yo me despierto tarde, a veces no está y a veces está quemando bichos cerca de la galería. A veces juega con Sofi, pero es raro.

Me preguntó si voy a exigirle plata por la estadía. Usó un tono como de secreto. Puedo hacer algún trabajo abajo, dijo. Lava su ropa, a veces cocina, limpia, ordena, lava los platos en todas las comidas. Es educado y bueno. De no ser así ya le hubiera pedido que se vaya. Hace asados. A veces viene a casa con alguna liebre o mulita. Cómo voy a pedirte dinero, le respondí. ¿Y tu amigo? ¿Qué amigo? El que se cayó del árbol y se lastimó el codo. Ah. Ya está bien hace rato. Está arriba.

Hoy lo vi nada más que para la hora del té. A veces llega a la noche cuando yo ya estoy en la cama. Sofi está enorme. Está empezando nuestro primer invierno acá.

Hoy talé una montaña de leña.

A veces lo cojería. A veces lo veo caminando con Sofi y lo mataría a patadas. A veces lo quiero atar al suelo y dejarlo, hasta que se lo terminen de comer los gusanos. A veces le chuparía el culo hasta pelárselo y llegar a la tripa del ombligo. Le veo esas piernitas de nena y lo cagaría cojiendo. O lo cortaría en partes, mirándole los ojitos inexpresivos y la boquita de muñeca. Me gustaría verlo de adentro, darlo vuelta. Vidrio usaría.

Ayer me senté y lo miré buscar insectos y meterlos en frascos durante tres horas. Sofi está estudiando geografía.

Hacía tres días que estaba desaparecido. Nos preocupamos, pensamos lo peor. Era media tarde y vimos su colchón creciendo; lo abrí con mi cuchillo. Adentro había una nena desnuda. Soy yo, nos dijo. Esto es lo que tengo de raro.

La piba me histeriquea. Es chiquita pero está bárbara. Se pasa el día jugando con cangrejitos que no sé de dónde saca. Habla mucho pero para adentro, balbuceando, y no se le entiende nada, a veces cuando llega del pueblo con las compras yo estoy tomando en el comedor y empieza a dejar las bolsas, los frascos, las latas, las frutas, las verduras, todo en su lugar en las distintas puntas y caminando lento, recorriendo lento, el espacio entero. Es un desperdicio que nadie más la vea: siempre descalza, con un pantalón corto rojo, marrón o rosa, el mismo que usaba antes o alguno de Sofi, y mueve muy despacio esos pies diminutos que mueven muy despacio esa cadera, esos huesitos en la cadera que como bailan abrazados. Me mira de reojo: si se da cuenta de que me doy cuenta camina derecho hasta mi silla y sin sacarme la mirada de encima me pide perdón. Perdón porqué, le pregunto. No quise mirarlo así, sin que usted se entere. Podés mirarme como quieras. ¿Como quiera puedo mirarlo? Habla lento; como sabe que su acento me resulta extraño se preocupa por enfatizar cada letra, cada consonante, con su modulación rarísima. ¿Como quiera puedo mirarlo? Como quieras. A usted lo voy a ir sacando despacito.

Sofi está celosa. Vos sos la más linda, le repito. Lo demás nace y muere, pero vos vas a ser siempre la más linda. La otra es una mielcita, morocha casi dorada, con las rodillas raspadas y dos ojos achinados que iluminan todo. Ojos distantes, deshonestos. Si se presta atención se nota que las tetitas le empiezan a crecer. A Sofi no, a Sofi espero que le falte mucho, porque me encanta así como está.

Cada vez que uno lee un libro ese libro cambia. A veces siento que mi vida anterior me maldijo del todo y para siempre, que nunca voy a poder sacarme el ruido. No es nada grave, son sensaciones, pero me ponen malo.

Vinieron los papás y armaron un escándalo. Lo creían ya muerto. Les dije yo lo tengo, pero vieron a la piba y no la quisieron. Se fueron contentos. Me pisotearon la huerta y quisieron quemar uno de los perros pero lo salvé con la pala.

Con el cambio de vida, con estar solo, me deshice de mi ego. Antes no hubiera aguantado vivir con una pendeja así sin destriparla a pijazos la primera tarde que el intimidarse de la luz me ponga melancólico. Pero ahora prefiero mirarla caminar lento y hacerla caminar más lento con la severidad de mi gesto. Y pajearme, obvio.

Me la comí viva a mordiscones. En una frase me la comí a mordiscones. Ahora Sofi está limpiando todas las manchas de la cocina, pálida, y yo tomando, feliz.

lunes, 17 de octubre de 2011

Ahora son las doce menos cuarto, diversas fuentes lo atestiguan, así que creo que es buen momento para ir al bar de Rolo y decirle que ayer, durante el almuerzo, tres chinos, con palos, le destrozaron el auto. Sé, porque conozco a Rolo desde hace más de un año, que va a echarme la culpa a mí, que en un primer momento no va a sentir enojo o no va a darse cuenta de que lo siente, pero progresivamente, a la velocidad que se calienta un gato tirado al sol, la sangre le va a ir subiendo a la cabeza, las manos va a tenerlas inquietas, va a apoyar los codos en la mesa de madera y, al pasar, como si nada tuviera que ver con nada, haciendo una pregunta inocente o contando una anécdota juguetona, va a nombrar a Marcia, sabe que eso me duele, y tratar de imaginarse cómo estará ella ahora, con quién vivirá, qué estará pensando. Yo puedo hacer dos cosas. Lo ideal sería ignorarlo. Pero voy a entristecerme y nombrar a Estela. A esto, y ya lo imagino, le veo los ojos, el punto blanco de los ojos ensuciándose, si es fiel a su pasado, a su carácter, va a responder preguntándome por Sabrina, y yo, de puro enredado mala leche que soy, voy a decirle que vi a Cony, el otro día, en Coto. Él va a sonreir y decirme

- Podemos quedarnos diciendo nombres de mujer, pero te invito a masacrar unos chinos.

Ese es el momento de la noche al que más miedo tengo. Soy xenófobo y creo en la lucha armada, nunca podría rechazar esa propuesta. Entonces, abrazando a Rolo con mi sonrisa, con mi mano en su hombro en señal de fraternidad, de amistad masculina, la única amistad posible, voy a caminar hasta la armería del bar, un baúl blanco que tiene todo lo que te podés imaginar. No sé de armas de fuego pero sí de cuchillos y voy a agarrar el de hoja más sexy y peinarme el jopo. La espalda se me llena de calor, quiero bailar, pero con este viento quién puede. Hay un poema chino que me hace sentir un samurái. Entonces, ya en la esquina del chino, golpeando las palmas voy a gritar y putear esperando que salga la familia para empezar por la más chiquita. Mientras hundo el filo en el tercer oloroso tengo en la cabeza la tapa de los diarios del día siguiente, o sea mañana. Gritos chinos llenos de terror. Sangre china, el invierno es perfecto, con suerte hasta una violación. Sería bueno que estos chinos del supermercado a los que damos tremenda paliza sean los mismos que rompieron el auto, pero todo no se puede. A las pocas horas el de 14 años, a quien decidí dejar vivo aunque gravemente herido en cuello y tobillos va a comenzar la organización de todo un ejército de inmigrantes amarillos, un grupo pseudo militar con estrategias de guerrilla, más de 500 olorosos con la convicción de perpetuar la venganza. La esperanza de tener una organización similar para declararles una guerra civil en defensa del argentinado xenófono me da cosquillas y sudor en las bolas al mismo tiempo. Veo miles de hombres dando sus vidas por la causa y la profundización del modelo, veo niños kamikazes, veo estrategias creativas para volar por los aires cada una de sus cédulas. Vamos a discutir con Rolo, él es más de la opinión de que la situación se nos fue de las manos. A mí la idea de un obelisco rojo de sangre china me conmueve. Esa idea se me ocurrió cojiendo con una menstruada.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Apenas entró al cuarto pensó (es natural) que la habitación del hotel Asta estaba vacía y limpia, pero abrió el ropero y vio vestidos. Se vio como desde afuera (la ventana era enorme pero séptimo piso) de frente a un conjunto de vestidos de otra. Los olió: podía ser su olor para alguien que no la conociera. Se reconoció (era), se conoció oliendo esa ropa, hasta los gestos que los demás le conocen y ella no pudo como tocar oliendo eso. Soltó el bolso de mano (al pie de la cama) y caminó el resto del cuarto, el baño: todo limpio, desinfectado hasta. Cerraba: una muqui pajera que limpió así nomás y no miró el ropero que turbiamente quedó lleno. Ahora esto es mío.

Se me ocurre escribir una cosa policial, a la dueña de los vestidos la asesinaron o algo, pero mejor drama de “una mujer sola en un cuarto de hotel” como escrito apurado al tuntun del significante.

Agarró primero más vale que el vestido rojo y lo olió sólo. Como en espejo, pestañó. Caminó con el vestido apretado entre las manos hasta la ventana (invierno, el río, noche normal) y lo soltó. Cayó, rojo. Se puso contenta. Los tiró todos y prendió la tele. Después lloró. Después hizo unos llamados por teléfono, miró más tele y se durmió.

Había manejado 14 horas sin descansar, cuando entraba al hotel se movía con la seguridad de una imbécil, y mientras se hundía en la cama repetía la mismo musiquita que no se pudo sacar de la cabeza durante todo el viaje. Despertó a las cinco, la cabeza se le agrandaba y volvía a achicar. La ventana del cuarto estaba entreabierta: circulaba una línea de aire, algo frío. Tornella se asomó: todo le interesaba, las luces de los autos, esporádicas, el remoto amanecer naranja, la posibilidad de ver minúsculo y silencioso algún animal cruzando esa ruta flaca y fea y devorada por pastizales. Quiso hacer un llamado y revolvió en la oscuridad su cartera hasta dar con el teléfono. Volvió a acostarse en la cama y a cerrar los ojos mientras esperaba que atiendan.

- Dijiste que ibas a dormir en el auto. Cómo que no sabés cuánto hace que estás ahí.

- No me acuerdo, no me acuerdo nada. Ni si era de día o de noche cuando llegué.

- Tenés que seguir viajando ya.

- No jodas. Acá está todo bien.

- A Jazmin le dije que vas a volver pronto.

- ¿Porqué hiciste eso?

A veces cerraba los ojos para hablar y a veces los abría bien grandes, con fuerza. A veces cerraba los ojos para escuchar, a veces los abría. Era lo mismo porque estaba en un cuarto oscuro.

- ¿Cómo está Jaz?

Estiró las piernas.

- ¿Duerme?

- Sí, duerme. Anoche volvió a dormir. En una hora tengo que despertarla. No la está pasando bien.

Las dos mujeres quedaron en silencio. Las dos en construcciones antiguas, de techos altos, oscuras, con el sol del otoño tardío empezando a alumbrar. Las dos calladas sostenían teléfonos celulares pegados a la oreja derecha, las dos pensaban sin parar y no abrían la boca, las dos mujeres quedaron mudas mirando la ventana, el drama de la luz, un pájaro grandote y torpe sacudiendo el cuello y las alas y cortando la ventana en dos.

- Prometeme que vas a seguir viajando.

- Tengo que dormir un poco más. Perdoname. No te quiero mentir.

- Está bien. Cuidate. Te quiero mucho. Todas te queremos mucho.

- Yo también las quiero. Mandale un beso a las chicas y deciles que voy a estar bien.

Empezó a recorrer el cuarto: abrir cajones. En un ropero encontró un vestido colorado. Enorme, el vestido de una gorda. Lo agarró con las dos manos de dedos flacos y duros, lo retorció, lo olió: nada especial. En la calma tierna de ponerse a recordar otra vez se le pegaba esa musiquita. Llevó el vestido a la ventana y lo soltó: cayó, rojo. Pasaba un grupo de pájaros grandotes y torpes, parecía que les costaba volar.

Se ató el bolso y la cartera y bajó.

- Me voy, te dejo libre la doce. ¿Cuánto es?

- A ver.

Era un hotel, casi una casa, todo de madera vieja. La empleada buscaba en un cuaderno de hojas cuadriculadas y entraba el ruido de los pájaros, el ruido de los bichos, el ruido de unos árboles, que eran álamos.

- Acá dice que ya pagó el miércoles y que le queda una noche más.

- Tenés razón. Igual me voy. Te dejo esa noche de propina.

- Gracias... muchas gracias... perdone.

- ¿Qué?

- Usted es Tornella Baggio, la bailarina, ¿no?

- Sí.

- Vi unos videos suyos bailando.

- ¿Te gustaron?

- Sí, mucho. Bueno, yo no entiendo mucho pero me gustaron.

La mujer se emocionó, caminó hasta el auto y arrancó de nuevo.


martes, 14 de septiembre de 2010

Ahí es cuando empieza la música rara del cuarto piso del edificio de al lado, a las diez, y hasta la una no para. A esa hora llegan los chicos del colegio y almorzamos, utimamente en silencio. Después de comer yo me acuesto y ellos salen a jugar a la vereda. El 11 de agosto los chicos me despertaron (saben que para mí la siesta es sagrada) porque un borracho estaba vomitando en la puerta de casa. Cuando llegué afuera lo vi: un hombre grande, entre 65 y 70 años, alto. Le llené la bañadera y pedí a los chicos que preparen café.

Mientras Ari servía el café manipulando el juego de tazas grandes con sus manos de nene estaba el desconocido desnudo en la cocina, chorreando. Le alcancé ropa mía, ropa vieja, la suya estaba sucia y la puse a lavar.

- Maté a mi mujer con un hacha.

Jazmín se llamaba su mujer y tenía 22 años. El hombre, Durazno me dijo que lo llame, no recuerda qué pasó. Hace un año perdieron un hijo y empezaron a tomar y pelearse. El es viejo y enorme, ella jóven y minúscula, pero viva y loca: atacó con sillas, cuchillos, herramientas del taller. La última vez Durazno la mató.

Los chicos escuchaban con atención. Durazno hablaba con miedo y con tristeza y yo decidía ayudar al pobre hombre. En la ciudad contra la policía no tiene chance, debería llevarlo al campo y darle trabajo de peón. Durazno es un hombre oscuro de bigote blanco, robusto y de manos grandes. Yo soy petiso, pálido y con un cuerpito ridículo como de adolescente lampiño. No puedo evitar intimidarme frente a cuerpos tan superiores al mío. La noche del jueves al viernes Durazno dormiría en el sofá del living y el viernes por la tarde lo cargaría en la camioneta y saldríamos hacia el campo de Puan, Provincia de Buenos Aires, en el límite con La Pampa.

Esa noche hicimos un asado en la terraza. Comimos vacío y entraña, un poco de molleja, chorizo, media morcilla cada uno, ensalada de papa y huevo, tomamos mucho vino y fumamos marihuana. Los chicos invitaron cada uno un amigo a dormir y jugaron y gritaron hasta entrada la madrugada. Hubo clima festivo: le mostré a Durazno mis discos, le gustaron los de mi época brasilera, especialmente uno con canciones sobre el mar. Nunca había visto el mar, pero le gustaba mucho cuando en una película aparece el mar. Un día vamos a ir juntos a Brasil, le dije.

Seguimos tomando vino, una botella atrás de otra, hasta ver el amanecer.

- Al principio, de pibe, me sentía aplastado, como un insecto, dividido en dos. Era malo, pero una mujer me hizo bueno. Creía ser bueno. Se nota que seguí siendo malo.

Me tomé el día siguiente libre de trabajo: fue un día de resaca y viaje. Metí a Durazno en la camioneta y salimos para el campo. Los chicos quedaron con la mamá en la casa de Hurlingham.

El viejo resultó un humorista, así que el viaje fue cómodo.

Aprendió de a poco a cabalgar, a pesar, a vacunar, a capar, a arrear. Se convirtió en un buen laburante.

Esa es la primera parte de la historia de Durazno. Siguió tomando mucho alcohol y se mimetizó con los hombres de la zona. Es un buen tirador, capaz de volarle la cabeza a un pato desde cuarenta metros. Los chicos ya tienen más de 20 y yo estoy enfermo. No me queda mucho tiempo y decidí pasar mis últimos meses en el campo.

Estaba solo, haciendo la sobremesa, cerca del fuego en la casa grande, leyendo. La voz de los peones llegaba confusa desde el puesto. Tomaba ron cubano bastante ya borracho. Me concentraba con los ojos cerrados para oir a los insectos equivocados chocar como martillos en el vidrio. Una noche despejada, luminosa, en la que gracias a la luna y las estrellas se alcanza a divisar el alambrado. En eso se escuchó de lejos la voz borracha, vueltera, de Durazno, que cantaba imitando la fonética del portugués. El mar, cuando quiebra la playa, es bonito, es bonito, gritaba y se caía y se volvía a incorporar, hasta desmayarse en la puerta de la casa. Estaba vomitando cuando abrí la puerta y lo ayudé a entrar, y entraron con nosotros decenas de bichos, cascarudos, mariposas nocturnas. El álamo se agitaba, aplaudía, a pesar de que no había una gota de viento. Dejé al viejo en el suelo del living y fui a preparar un café bien fuerte.

- Nos vamos a morir juntos.- Me dijo.

- A vos te queda más tiempo, viejo hermoso. Dale, levantate, hice café.

- ¿Se acuerda de los chicos?

- Cómo no me voy a acordar de mis hijos.

- ¿Los vamos a ver de nuevo?

- Me van a visitar.

- El café ya está frío.

- Dame que lo caliento.

El ventanal se sacudió. Miré el cielo a través de los vidrios: una nube, sola, con forma de sonrisa o de garra, le apuntaba a la luna. Me asomé: el vidrio temblaba, la nube se movía, pero no había viento. ¿Llovería al día siguiente? La luz a esa hora empieza a subir y a bajar, se estaba acabando la nafta del motor, así que atravesé la casa buscando algunas velas. Se escuchaba una lechuza. Salimos a tomar café y comer queso y dulce a la galería. Mantuvimos el silencio.

- ¿Se acuerda de la inundación?

- Sí, claro.

- ¿Y de los asados?

- Sí.

- ¿De todos?

- De todos.

- ¿Del primero?

- En especial del primero. ¿Qué te pasa?

- Nada, disculpe. Nada.

Pasamos unos minutos sin hablar, escuchando el álamo, los pájaros y los insectos. Pero el viejo Durazno no aguantó.

- ¿Y de las mujeres se acuerda?

Un rato después, unos minutos o unas horas, Durazno volvió al puesto.

Esa fue la última vez que lo vi. A la mañana siguiente, cuando los peones se levantaron, cuentan, creyeron que por la borrachera dormiría hasta tarde y no quisieron molestarlo. Recién a media mañana notaron que su caballo faltaba y lo fueron a buscar. La cama estaba hecha, la ropa en sus cajones, pero Durazno se había ido.


lunes, 13 de septiembre de 2010

Tenía un caballo abajo mío y otro arriba. Volví a cerrar los ojos. Los abrí de nuevo: el chino, uno de los rastis, me llevaba cargando mi cintura en su hombro. Ibamos en un caballo del color del café con leche y me dejé cargar alrededor de una hora. Al atardecer vimos lejos, desordenadas en el horizonte, casas blancas, a las que vamos a apuntar a partir de mañana. Los caballos y los rastis insisten en parar a comer y pasar la noche acá. Por mí mejor, estoy dolorido. Los otros tres blancos querrían seguir la marcha hacia las construcciones que vimos hace unas horas, hacerla, la marcha, a ciegas, porque la luna está tapada por nubes que no van a despejar. El último pueblo que pisamos era de casas destruídas en las que solamente quedaban gatos y perros y pocas gallinas. Comimos gallina, comimos perro y comimos gato: la única carne desde que salimos de Gita. Secretamente (todo está funcionando secretamente) todos esperamos que un caballo desista para volver a comer carne. Llegado un punto es placentero el cansancio, es placentero el hambre, placentero el dolor de cintura. También secretamente, claro.


Vi pasar la sombra de un pájaro, pero levanté la cabeza y volando no había ningún pájaro. La última bandada que vimos formaba una C que progresivamente fue mutando a T. Puntos negros en un cielo nublado, formando una C que se transformó en T.

Los mujeres ya duermen. Los rastis, a muchos metros, hablan susurrando, tejen. “¿Sabés qué me comería yo? Una mulita”. Son muchos, todos negros, menos el chino. “¿Porqué ya no se ven pájaros?”.


A la mañana levantó viento. Fumagalli nos despertó porque le pareció escuchar voces traídas por ese viento fino y tenso desde donde ayer se veían casas: hoy el horizonte ya no está tan limpio y solamente el chino cree ver lo mismo que ayer. Un mujer se pasó la mañana vendándome la cintura. Ya creo que puedo volver a cabalgar.


Cabalgamos todo el día y nunca llegamos ni pudimos ver de nuevo las casas blancas. Estamos perdidos. “¿Sabés qué me comería yo? Un chancho me comería yo, un chancho entero, no un lechón: un chancho”.


Ayer, un calor bobo, vimos un cementerio de aves. Gallinas y tordos más que nada, plumas desparramadas (más que nada) por espacio de una hectárea. Dormimos sobre las plumas para amortiguar. “Es de buena suerte”.


Ya nadie habla: cabalgamos en silencio sin mirarnos la cara. Yo pienso: creo que a C la quise de verdad, pero recién ahora me doy cuenta. Pienso: el desierto estaba cubierto con plumas.


Dimos con una bocha de casitas y gente. Gritamos, festejamos, hablamos como ametralladoras. El pueblo se llama Duras y el líder es un hombre oscuro de bigote blanco. Fuimos un acontecimiento: las mujeres del lugar, al ver de lejos nuestros caballos y nosotros, se acercaron corriendo, gritando. Nos dieron de comer avena y huevos. “¿En qué idioma escribís?”, “en español”, “¿porqué?”, “porque soy de Argentina”. Las mujeres se agrupan para escucharme hablar.


- ¿Qué les pasa a nuestros caballos?

- Se cansan, bajan.


También comimos hongos y raíces de un arbol llamado Gambo, muy nutritivas, de las que pensamos llenar las bolsas de los rastis. Todos los animales de pueblo, menos las gallinas, están enfermos, seguimos sin comer carne. Pasó una semana y ya se habla de seguir hacia el este. Dos de los rastis van a quedarse. Creen que embarazaron a alguien y pidieron permiso para quedarse. Sus caballos siguen con nosotros.


Arrancamos de buen humor, cantando. En Duras había un gato blanco, recién nacido enfermo desnutrido y pelado. Tenía los ojos cerrados: a punto de morir solamente se movía respirando (costillas adentro costillas afuera). Una gallina, gorda, a los picotazos empezó a comerlo cuando todavía respiraba.


Llegamos a la orilla: en Gita éramos el doble de hombres y de caballos que ahora. Nos sentamos a mirar el agua, nos dormimos y volvemos a despertar tantas veces.