lunes, 19 de agosto de 2013
viernes, 5 de julio de 2013
Al otro día, para mi sorpresa, la joda se convirtió en realidad. Al despertarme a la mañana estaba convertida en una gorda pedorra. Primero me asusté, pero cuando con mis manos de ballena comilona empecé a sacudirme las tetazas decidí amar este cuerpo nuevo. En el sapo no pensaba hasta que a través de la ventana vi parte de su ojo inmenso. Quise picarlo con la escoba de paja y me habló:
- Putona.
Dijo. Le metí una teta en el ojo y el ojo se movió como el agua de un lago en el que cae una piedra. Su pupila se dilataba, posible señal de una pajita rápida, así que me asomé a ver. Vi esa pijaza afiladísima, llena de venas siniestras por las que circulaban su amor y su violencia, que cuando se mezclan se convierten en sangre. ¿Cómo vas a hacer para entrar, sapito mío? Putona. Y por la ventana entró su pie de pato, y después entró su pierna de grillo, y su cintura de pato, y su pecho peludo, y su cara de viejo forro. Tenía que encorvarse a pesar de que mis techos son altos. Putona. Qué sensación de irrealidad. Empecé a sacudir la panza haciendo la danza de los rollos. El empezó a meter mano. La pijaza, que nacía a la altura de mi nuca, pasaba del violeta al negro. Siempre doy lo que me piden, incluso a los que no saben qué me están pidiendo. Me empapé de la cabeza a los pies, y me abracé a esa poronga con brazos y piernas, y agarrada con todo el cuerpo seguí haciendo la danza de los rollos. La cabeza rosa parecía querer regurgitar, pero para que todavía no termine le clavé en su agujero mi estatuita de Buda, haciendo de tapón, dejando el semen adentro. De los ojos del sapo caía agua salada que usé de lubricante. Siendo tan gorda pensé que me pueden cojer por el ombligo. Pero con la del sapo no hay manera: nunca una pija me transmitió tanto dolor y tanta felicidad. Empezó, lentamente, a abrirse mi conchaza. Parecía el apocalipsis. Truenos, maremotos, nubes negras y rayos llevando la estaca de mi clítoris del sur al norte. Putona. El sapo abrió su boca y pegó sus labios faciales a los míos vaginales. Como la boca del sapo mide entre dos metros y medio y tres, calculo que con orgullo puedo decir que mi concha, bien dilatada, hace honores a la fisonomía de este titán de los monstruos. Sentía entrarme la lengua, especie de intestino helado que se enrollaba adentro mío buscando economizar espacio y asentándose en cuello hombros y tetas. Después, el resto del sapo también fue entrando. La cabezota, el larguísimo cuello, los brazos, el tronco, lo demás. Lo sentía jugar con mi hígado, enrollarse en mi corazón, cabalgar mis vísceras, y me sentía cambiar el alma, sentía mi espíritu y el del sapo bailar una conga a la altura de mi garganta, sentía mi parte metafísica amar como solamente puede amar un sapo. Me miré en el espejo. Ya no era más esa gorda: era la flaca de antes, pero con ojos verdes, verde sapo. Me miré más de una hora primero con miedo de enloquecer pero al rato entendiendo que esa sensación no es la locura, sino la libertad, una forma de libertad nueva para mí. Quedé desafinada.
Al rato llegó el otro boludo vestido de policía y supe que será mi obligación no contarle a nadie del sapo, llevarme el secreto a la tumba. El boludo vestido de policía se indignó porque yo ya no tenía ganas de hacer todo el teatro que habíamos planificado, y ni siquiera de cojer. Perdoname, le dije. Por favor perdoname, por favor andate de mi casa, y estiré la lengua cazando una mosca.
miércoles, 26 de junio de 2013
martes, 28 de mayo de 2013
Antes de pensar ya había pensado. Y lo que creyó su pensar fue una brisa evitable. Él vive para esa brisa. Yo, cuando no estoy de humor, pienso que eso es la tontera. Pero la mañana siguiente respiro, nado, agradeciendo a esa brisa con la piel. La casa estaba vacía y cerrada. De su interior escuché ladridos con algo tormentoso. Me despabilé y me acerqué, pero con caminar lento. Al llegar abrí la puerta y Chasquido salió, con su lengua colgando. Caminamos juntos. Yo no sabía qué hacer de mí: había algo doloroso y exasperante en no poder escapar del ahora. Apoyé mi espalda, en toda su enormidad, toda su absoluta carne, en un árbol viejo. Y por el amor del árbol me fui olvidando del choque del agua contra la orilla mala.
II
Si me quedé callada fue al darme cuenta de que ninguna de las personas que me estaban acompañando era capaz de entender la relación entre el fuego y todo lo que el árbol acumuló del sol durante quién sabe, cien años, antes de convertirse en mi leña. Y la carne, sus posibles colores.
III
No existe plenitud sin espacio. No hay amor sin viaje, ni viaje sin tiempo. ¿Qué es el viaje? No sé. A los que viajan hasta acá los desafío, para viajar. Las líneas del pino desafían y viajan. Algo en la casa ladra. Antes de escribir ya había escrito. Se imposibilitaba el mundo, se imposibilitaba el fuego. El drama de las rocas siempre estuvo escrito.
IV
La comedia del tallo que interrumpe el barro. El chiste es que el tallo sufre por ser él mismo en un lugar así. Debería inventar personajes para que acepten mi escritura. La llegada de personajes a la casa, por decirlo así, confirma mi existencia y forma. La comedia del cuerpo que interrumpe el espíritu. Debería inventar formas que me digan que sigo existiendo. A veces veo en el color de la brisa que los años pasaron, y en esos años ninguna santidad: una familia atrás de otra mirando mi leña arder, bañándose en mi agua, juzgando mis flores. Y ni siquiera en la rajadura de las caídas de sol una forma que me diga aparecé, hablá, mostrá los dientes. Y yo estoy quebrada de amor y de odio.
V
Cuando un chico joven me presiente veo en su cuerpo la exaltación vigorosa cuya casa son la duda y el miedo. Cuando me intuye un viejo hay tristeza rocosa, resignación. Los bebés ven a Chasquido y se ríen o lloran. El deseo de estar en la orilla de en frente me arrastra a moverme confundida, a asustar.
VI
El cuerpo del hermano mayor me hace existir. Y para eso lo inventé. Y para eso lo siento a escribir. Todos huelen un poco de la brisa fina, todos se arriman a la orilla mala para mirar la orilla de en frente. ¿Sentirán mi nervio? Pero van a poder vivir sin mí y sin el nervio. Ya había pensado, ya había escrito lo pensado, pero sigue, y si sigue es por su insensibilidad al antes. Nada en mi río, sin conocer los siglos que pasaron antes de que yo me anime a sentarme en los escalones del muelle, mojándome los pies. Es mi eco, el hermano mayor es mi eco, como son mi eco mis palabras, como son su eco sus palabras.
jueves, 12 de julio de 2012
Una vez la villa se incendia, él se esconde en su palacio y el pozo lo salva del fuego. Se burla de sus vecinos, que perdieron sus hogares. Ellos lo miran con envidia y empiezan a sospechar que realmente es un Conde y que oculta un tesoro. Entran a su edificio a robárselo y lo matan.
Lo que sigue es el ejercicio que escribí basándome en esta historia.
Como al segundo día FGV no se integraba a la comunicación, como por servir bebidas tenía la ventaja de compartir un mismo cuarto con los Dueños, como su habitación estaba alejada de la nuestra, su personalidad se fue volviendo más espantosa cada vez, y su habitación fue, cómo decirlo, alejándose de las nuestras. Sus gestos eran más parecidos a los de los Dueños que a los nuestros. No sé qué se pensaba que era. Me duele decirlo pero tengo una sospecha: los Dueños sentían aprecio por ella. Lo que todos nosotros anhelábamos con la sangre y el alma, lo que solo Estefanía después de generaciones de servir tenía, ella consiguió con quedarse en silencio, servir un vaso y hacer un gesto. Llevo cuarenta y siete años en la casa y nunca hice un gesto a los Dueños. Ella lo hizo el primer día y la dejaron compartir su aire. Y después llegó el incendio.
jueves, 24 de mayo de 2012
lunes, 17 de octubre de 2011
Ahora son las doce menos cuarto, diversas fuentes lo atestiguan, así que creo que es buen momento para ir al bar de Rolo y decirle que ayer, durante el almuerzo, tres chinos, con palos, le destrozaron el auto. Sé, porque conozco a Rolo desde hace más de un año, que va a echarme la culpa a mí, que en un primer momento no va a sentir enojo o no va a darse cuenta de que lo siente, pero progresivamente, a la velocidad que se calienta un gato tirado al sol, la sangre le va a ir subiendo a la cabeza, las manos va a tenerlas inquietas, va a apoyar los codos en la mesa de madera y, al pasar, como si nada tuviera que ver con nada, haciendo una pregunta inocente o contando una anécdota juguetona, va a nombrar a Marcia, sabe que eso me duele, y tratar de imaginarse cómo estará ella ahora, con quién vivirá, qué estará pensando. Yo puedo hacer dos cosas. Lo ideal sería ignorarlo. Pero voy a entristecerme y nombrar a Estela. A esto, y ya lo imagino, le veo los ojos, el punto blanco de los ojos ensuciándose, si es fiel a su pasado, a su carácter, va a responder preguntándome por Sabrina, y yo, de puro enredado mala leche que soy, voy a decirle que vi a Cony, el otro día, en Coto. Él va a sonreir y decirme
- Podemos quedarnos diciendo nombres de mujer, pero te invito a masacrar unos chinos.
Ese es el momento de la noche al que más miedo tengo. Soy xenófobo y creo en la lucha armada, nunca podría rechazar esa propuesta. Entonces, abrazando a Rolo con mi sonrisa, con mi mano en su hombro en señal de fraternidad, de amistad masculina, la única amistad posible, voy a caminar hasta la armería del bar, un baúl blanco que tiene todo lo que te podés imaginar. No sé de armas de fuego pero sí de cuchillos y voy a agarrar el de hoja más sexy y peinarme el jopo. La espalda se me llena de calor, quiero bailar, pero con este viento quién puede. Hay un poema chino que me hace sentir un samurái. Entonces, ya en la esquina del chino, golpeando las palmas voy a gritar y putear esperando que salga la familia para empezar por la más chiquita. Mientras hundo el filo en el tercer oloroso tengo en la cabeza la tapa de los diarios del día siguiente, o sea mañana. Gritos chinos llenos de terror. Sangre china, el invierno es perfecto, con suerte hasta una violación. Sería bueno que estos chinos del supermercado a los que damos tremenda paliza sean los mismos que rompieron el auto, pero todo no se puede. A las pocas horas el de 14 años, a quien decidí dejar vivo aunque gravemente herido en cuello y tobillos va a comenzar la organización de todo un ejército de inmigrantes amarillos, un grupo pseudo militar con estrategias de guerrilla, más de 500 olorosos con la convicción de perpetuar la venganza. La esperanza de tener una organización similar para declararles una guerra civil en defensa del argentinado xenófono me da cosquillas y sudor en las bolas al mismo tiempo. Veo miles de hombres dando sus vidas por la causa y la profundización del modelo, veo niños kamikazes, veo estrategias creativas para volar por los aires cada una de sus cédulas. Vamos a discutir con Rolo, él es más de la opinión de que la situación se nos fue de las manos. A mí la idea de un obelisco rojo de sangre china me conmueve. Esa idea se me ocurrió cojiendo con una menstruada.